Cuando Eliges la Actitud Correcta; El Mundo Responde.
Una historia real sobre cómo lo que transmites transforma el entorno.
"La actitud no se anuncia: se percibe. No se predica: se practica. No levanta la voz, pero transforma el ambiente. Cada mañana elegimos qué energía llevamos al mundo. Podemos ser ruido… o presencia. Podemos pasar desapercibidos… o dejar una huella amable. Un gesto basta para cambiar el clima de un lugar. Una palabra puede interrumpir la inercia del estrés y una sonrisa, a veces, es el inicio de algo mejor."
Lo confirmé una mañana cualquiera, entre las 6:30 y las 7:00. Salí de casa con una ligereza que no tenía que ver con la ausencia de problemas, sino con una decisión interna: estar presente. No iba con prisa emocional. Iba despierto. Mientras caminaba hacia la parada del autobús, saludaba a quienes se cruzaban conmigo con un “buenos días” sencillo, sin expectativas. No buscaba respuestas; compartía humanidad. Al llegar al paso de cebra, vi a cuatro personas esperando. Dos jóvenes, alrededor de 27 años, y dos hombres mayores, quizá de unos 65. Eran africanos y marroquíes. Estaban de pie, con ese rostro común en las mañanas urbanas: mezcla de sueño, cansancio y preocupaciones acumuladas. Me acerqué, sonreí y dije con voz amable: “Buenos días”. Silencio. Nada. Como hablar con una pared. Pensé lo obvio: todos cargamos algo. El trabajo, la familia, la incertidumbre, la vida misma. Aun así, sentí que no debía quedarme ahí. No por insistir sin sentido, sino porque sabía algo que a veces olvidamos: la actitud también es una forma de liderazgo cotidiano. Di un paso más, los miré a los ojos —uno por uno— y con una voz más firme, clara y sonriente, repetí: “¡Buenos días!”. No fue un grito. Fue presencia. Entonces ocurrió lo inesperado. Sonrieron. Y respondieron al unísono: “Salam aleikum” —la paz sea contigo. Tengo amigos de esos países; conozco el saludo. Así que respondí: “Wa-Alaikum-Salaam”* —y contigo sea la paz.* En ese instante, algo cambió. No el mundo. El momento. Los hombros se relajaron. Las miradas se suavizaron. La mañana se volvió un poco más humana. Minutos después subimos todos al autobús. Yo seguía sonriendo, no por orgullo, sino por asombro. Me bajé unas paradas más adelante. Aquellos hombres se despidieron con una sonrisa franca y un apretón de manos. Tal vez pensaron que estaba un poco loco. O tal vez entendieron algo esencial: alguien había decidido verlos, no ignorarlos. Ese día confirmé una verdad poderosa y simple: somos focos. Iluminamos o apagamos. Sumamos o restamos. Contagiamos tensión o calma. Y no hacen falta grandes discursos, títulos ni posiciones de poder. A veces, basta educación, una sonrisa y una actitud consciente. Desde la psicología social sabemos que el comportamiento es contagioso. Las neuronas espejo hacen su trabajo silencioso: copiamos gestos, tonos, posturas emocionales. Un saludo puede activar un estado de ánimo. Una mirada puede descomprimir una tensión acumulada. Una palabra amable puede romper la inercia del estrés. En la familia, en el trabajo, en la calle, en el transporte público, la actitud educa. Modela el clima. Siembra posibilidades. No resuelve los problemas del mundo, pero mejora el día de alguien. Y eso, repetido, transforma más de lo que imaginamos. Vivimos tiempos de prisa, de pantallas y de silencios incómodos. Precisamente por eso, la cortesía y la presencia se han vuelto actos revolucionarios. No porque sean extraordinarios, sino porque son cada vez menos frecuentes.
Aprendamos a ser ese factor de cambio. A elegir el saludo cuando nadie lo espera. A sostener la mirada sin invadir. A cuidar el tono, incluso en la rutina. Porque cuando la actitud es correcta, **la paz no solo se desea. Se transmite. Se contagia. Se multiplica.** Y quizá —sin darnos cuenta— ese gesto sencillo se convierta en el mejor momento del día de alguien más.
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