No Existen Personas Tontas: Existen Formas Distintas de Aprender.

No Existen Personas Tontas: Existen Formas Distintas de Aprender.

Cómo las palabras que escuchamos nos programan, moldean la autoestima y determinan el rumbo emocional, social y laboral de una vida.

Ronald Camilo Menjivar
Ronald Camilo Menjivar
hace 1 mes
"No todos aprenden igual. No todos comprenden al mismo ritmo. Pero todos absorben lo que escuchan. Las palabras no pasan de largo: se quedan. La infancia no olvida lo que la nombra. La adolescencia lo confirma. La adultez lo repite. Lo que se dice se cree y lo que se cree, se vive."

Decirle a un niño “eres tonto”, “eres torpe” o “no sirves para esto” no es una corrección inocente. Es una intervención psicológica negativa con efectos acumulativos. Desde la psicología y la psiquiatría de familia existe un consenso claro: no hay niños, jóvenes ni adultos “tontos”; hay personas que aprenden de formas distintas, a ritmos distintos y con necesidades distintas. Lo que sí existe —y con consecuencias profundas— es una educación que confunde dificultad con incapacidad y diferencia con defecto. Este análisis es educativo y orientativo, especialmente para jóvenes, padres y formadores. No busca culpar, sino hacer consciente el poder real del lenguaje en la formación humana.

La Mente en modo programación: cómo se construye la identidad.

Desde el nacimiento hasta la adolescencia, el cerebro humano atraviesa etapas críticas de desarrollo. Durante ese tiempo, la mente está especialmente abierta a la información externa: palabras, gestos, miradas, comparaciones. Es lo que, de manera sencilla, puede entenderse como modo de programación. Las afirmaciones que un niño escucha de forma repetida no se quedan en la superficie. Se convierten en creencias internas:

  • “Soy lento”
  • “No soy capaz”
  • “Siempre fallo”

Con el tiempo, esas creencias dejan de sonar como voces externas y pasan a sentirse como verdades personales. El problema no es solo emocional; es estructural. La persona empieza a actuar desde una identidad limitada que nunca eligió conscientemente. Lo que se repite en la infancia, se automatiza en la adultez.

Aprender distinto no es aprender menos.

La psicología del aprendizaje ha demostrado que no existe una sola vía para comprender, memorizar o resolver problemas. Algunas personas aprenden mejor de forma visual, otras de manera práctica; algunas necesitan más tiempo, otras requieren contextos distintos. Etiquetar a alguien como “tonto” es, en realidad, una confesión de falta de comprensión del proceso educativo. No habla del niño; habla del entorno. Cuando no entiendes cómo aprende alguien, no lo definas: acompáñalo.

El Hogar: Donde Nace la Voz Interior.

La familia es el primer espacio donde el lenguaje forma identidad. Las palabras dichas en casa —incluso en momentos de cansancio o enojo— tienen un peso desproporcionado. No porque los padres quieran herir, sino porque el vínculo amplifica el mensaje. Un niño no discute lo que escucha de quienes ama. Lo incorpora. Por eso, frases despectivas repetidas en el hogar suelen reaparecer años después como inseguridad, miedo al error o necesidad constante de aprobación. El hogar no solo educa con normas; educa con palabras.

La Escuela y la sociedad: refuerzo o corrección.

Cuando el entorno escolar refuerza etiquetas negativas, el daño se multiplica. Cuando, en cambio, ofrece comprensión, estructura y expectativas realistas, se convierte en un espacio correctivo. Aquí no se trata de bajar el nivel, sino de cambiar la forma de acompañar. Desde la psiquiatría social se observa que muchos problemas de autoestima en adultos tienen su origen en experiencias tempranas de humillación, ridiculización o comparación constante. No por un evento aislado, sino por patrones sostenidos. La sociedad no necesita menos exigencia; necesita más conciencia.

Neuronas Espejo: aprendemos lo que vemos y escuchamos.

Las neuronas espejo explican algo esencial: aprendemos observando y replicando. No solo copiamos conductas; copiamos tonos, formas de hablar, maneras de reaccionar. Un entorno que normaliza el desprecio verbal enseña desprecio, aunque predique valores opuestos. Por el contrario, cuando el lenguaje cotidiano es respetuoso, firme y formativo, el cerebro infantil y juvenil aprende a tratarse y tratar a otros con dignidad. No solo educamos con lo que decimos, sino con cómo lo decimos.

Consecuencias a largo plazo: de la infancia a la vida laboral.

Las etiquetas negativas no se quedan en la escuela. Viajan. Acompañan a la persona en sus relaciones sociales, en su autoconfianza y, finalmente, en su desempeño laboral. El adulto que evita retos, que se subestima o que no cree en su capacidad no nació así: fue entrenado para dudar de sí mismo. En el ámbito profesional, esto se traduce en:

  • Miedo al error.
  • Dificultad para asumir responsabilidades.
  • Dependencia excesiva de validación externa.

El problema no es la falta de talento; es la identidad dañada.

Educar Para Formar, No Para Marcar.

Aquí cobra sentido una visión formativa integral como la que propone Evolución 360º, que parte de una premisa clara: las personas no se definen por una etapa ni por una dificultad, sino por la estructura interior que se les ayuda a construir. Formar no es halagar sin criterio. Es nombrar con responsabilidad, corregir con respeto y acompañar con inteligencia emocional. Es entender que cada palabra puede ser una semilla o una carga.

"No existen personas tontas; existen aprendizajes distintos. Las palabras no educan solo el presente, educan el futuro. Etiquetar limita; comprender libera. Lo que nombras, lo programas."

Cuidar lo que decimos no es exageración; es prevención emocional. En una sociedad que exige resultados rápidos, recordar el poder formativo del lenguaje es un acto de madurez colectiva. Porque nadie debería crecer creyendo que no es capaz. Y porque una palabra dicha a tiempo puede cambiar una vida entera. Educar bien no es decir más. Es decir mejor.

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